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SIENTO DEJAR ESTE MUNDO SIN PROBAR PIPAS FACUNDO

Un Articulillo

 

Aquí pego un post de Ignacio Escolar colgado en su blog. Me parece interesante su lectura.

La España de las autonomías es la España del eufemismo. Tanto es así que tuvo que venir la Real Academia Española para arreglar el significado de las palabras que los políticos inventaron para no dejar otras escritas. Como el búnker franquista no quería aceptar la realidad, que España es un estado plurinacional, en el artículo 2 de la Constitución se redactó que la nación española "garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran". ¿Y qué es una nacionalidad? Hasta entonces la palabra significaba 1. condición y carácter peculiar de los pueblos y habitantes de una nación ó 2. Estado propio de la persona nacida o naturalizada en una nación. Tuvo que crecer el diccionario de la RAE con dos nuevas acepciones para nacionalidad para que el invento cuadrase: 3. Comunidad autónoma a la que, en su Estatuto, se le reconoce una especial identidad histórica y cultural y 4. Denominación oficial de algunas comunidades autónomas españolas.

Esto es lo que los filólogos llaman una definición circular, pues asume una comprensión anterior del término que es definido. La Constitución requiere de diccionario; el diccionario refiere a la Constitución. ¿Qué fue primero: la nacionalidad o la autonomía?

El nombre es arquetipo de la cosa

Una discusión llega a su punto inútil, ése en el que ya no merece la pena seguir, cuando lo que se discute es el significado de las palabras y no las ideas. En España, han pasado 30 años desde que nos inventamos el eufemismo de las autonomías y las nacionalidades para evitar la palabra prohibida, la España federal, y así no tener que discutir. Hemos construido nuestro presente con la ambivalencia como cimiento. La España autonómica era así una definición difusa que permitía a la periferia soñar que vive en un marco federal al tiempo que en la capital no se abrían las costuras por la pérdida del poder central. En este país, siempre parece que estemos empezando.

España necesita algo más que eufemismos para que sobreviva algo más que la palabra. Por mucho que el Ejército aparezca como garante de la unidad de la patria en uno de los artículos más anacrónicos de la Constitución, en democracia un Estado sólo puede existir si las personas que lo conforman así lo desean. En los últimos años, ha crecido el número de ciudadanos a los que el marco ya no convence.

El problema es complejo pero se puede resumir en dos ciudades, en dos epicentros: el españolista y el periférico. Madrid, que conjuga al mismo tiempo su momento de mayor poder económico con una paulatina pérdida de poder político, que se escapa por arriba, hacia Europa, y por abajo, hacia las autonomías. Barcelona, que nunca en tres siglos ha tenido tanta autonomía política como ahora, pero que se encuentra hoy sin un modelo económico claro para afrontar su futuro, que se agrava por un presente con problemas de infraestructuras impropios de la octava potencia mundial. Ninguna de las dos urbes está contenta con esta situación, que no se arregla con eufemismos sino con inversiones y mucha pedagogía.

El viraje al centro

"Zapatero empezó la legislatura hablando de la España plural y la termina hablando del Gobierno de España", me recuerda un político catalán. Tiene parte de razón en su queja. El PSOE, que fue valiente al afrontar la renovación del desfasado modelo autonómico, termina estos cuatro años con un giro jacobino, azuzado por las encuestas. Según sus análisis, de todos los charcos que ha pisado el Gobierno durante este mandato -la negociación con ETA, la vivienda, los retrasos del AVE, las Cercanías de Barcelona, el juicio del 11-M o el matrimonio homosexual-, sólo las reformas estatutarias pueden pasarle recibo político en las elecciones. De todas las profecías apocalípticas del PP, sólo ha calado el "España se rompe". Por eso no se pactó en Navarra, por eso el rey viaja a Ceuta y Melilla, por eso se coloca a José Bono como candidato a presidir el Congreso de los Diputados antes de ganar las elecciones.

Dice Zapatero que quiere un Gobierno fuerte. Lo tiene cerca. La porra que ahora circula sitúa al PSOE en 170 escaños: está más próximo de la mayoría absoluta que de perder. Zapatero tendrá así otra oportunidad para encontrar un nuevo equilibrio para las dos Españas, la periférica y la central. No hace falta ni más himno ni más bandera -otra forma de eufemismo-. La España de las autonomías debe convertirse en la España federal. Dentro de un año, la Constitución cumplirá tres décadas. Es un buen momento para reformarla. Ya es hora de que nuestra Carta Magna llame a las cosas por su nombre.

 

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